Wednesday, August 30, 2023

La decisión de Alfaro

La decisión de Alfaro, o los dilemas de la inteligencia política Adrián Acosta Silva (Nexos, “blog de la redacción, 30/08/2023) https://redaccion.nexos.com.mx/la-decision-de-alfaro-o-los-dilemas-de-la-inteligencia-politica/?_gl=1*1cjwffe*_ga*MTk5NTU5MTY5OS4xNjg4NTE5NjY0*_ga_M343X0P3QV*MTY5MzQxMTE1NC40My4wLjE2OTM0MTExNTQuNjAuMC4w ¿Cómo definir la inteligencia política? ¿Cuáles son sus características, sus atributos, propiedades? ¿Es pura intuición, oportunismo, cálculo, reflexividad? ¿Todo depende de la adaptación al contexto, de las reglas al uso, de las instituciones, del azar? Una larga historia se despliega ante nuestros ojos cuando se revisa la trayectoria de figuras emblemáticas de la esfera política, desde los líderes antiguos hasta los contemporáneos. Figuras contrastantes como Espartaco, Cristo, Cleopatra, Alejandro Magno, Napoleón, Hitler, Mussolini, Lenin, Roosevelt, Fidel Castro, Juan Domingo Perón, Getulio Vargas, Lázaro Cárdenas, Charles de Gaulle, Margaret Thatcher, en diferentes contextos y circunstancias, desfilan entre las decenas de representantes de liderazgos caudillescos, monárquicos, autoritarios, dictatoriales, totalitarios, democráticos, carismáticos, burocráticos, revolucionarios, conservadores o híbridos, cuyos talentos y capacidades conjugaron siempre “la fortuna y la virtud”, como aconsejaba Maquiavelo en El Príncipe, o las “artes del mandar y del obedecer”, como registraba Hobbes en su estudio sobre Los Annales, de Tácito. Esos liderazgos, sin excepción, están asociados a contextos específicos y al generalmente pequeño grupo de asesores, consejeros y mentores que acompañan al líder o a la lideresa. Herméticos, esos grupos funcionan como élites, camarillas, mafias o tribus, que comparten ciertos principios ideológicos o códigos de honor, y organizan la acción política del líder mediante cabildeos constantes con simpatizantes y opositores, ensayando jugadas, rounds de sombra, calculando riesgos e identificando oportunidades. Un líder nunca se mueve solo, siempre conserva a su lado asesores y amigos para pensar sus acciones, asumiendo el hecho de que, en la política, como en el futbol, siempre se puede perder, empatar o ganar. Pero de lo que se trata es de cuidar el bien mayor de un político: su reputación. De eso depende que los efectos de sus declaraciones, titubeos o acciones no produzcan daños permanentes, irreversibles o catastróficos en la confianza de ciudadanos, seguidores y aliados. El inner circle de los políticos es un escudo protector de la imagen, las palabras y las acciones de su líder. Está compuesto de personas de lealtades probadas, pero también de oportunistas, disidentes, críticos y traidores potenciales a la autoridad del jefe o de la jefa. Un político profesional siempre acumula capital simbólico y práctico a través de la conquista de puestos, posiciones y espacios de autoridad, que son instrumentos que le permiten distribuir recursos de representación a simpatizantes y seguidores, pero también sembrar esperanzas entre otros políticos o aspirantes a serlo. Eso asegura la construcción de un “orden de lealtades”, la base sólida de todo tipo de legitimidad política, como afirmaba Weber. El anuncio del 23 de agosto pasado de la decisión del gobernador de Jalisco Enrique Alfaro de romper relaciones con la dirigencia nacional del partido Movimiento Ciudadano -en especial con su líder, Dante Delgado-, es otro momento de inflexión en su ya prolongada trayectoria política. Curtido en las lides políticas locales de Jalisco desde sus años de juventud como político priista, Alfaro pasó de ser un político local destacado en la primera década del siglo XXI -una típica gloria municipal-, a una figura de cierta relevancia nacional, justamente como figura emblemática de MC -junto con Samuel García en Nuevo León-, y como contrapeso efectivo al gobierno obradorista desde 2018. A lo largo de esa veloz trayectoria, el carácter impulsivo del político en ciernes que era Alfaro en los comienzos de su carrera, se atemperó relativamente con la necesidad de conciliación de un político madurado al calor de sus enfrentamientos públicos constantes con rivales y adversarios. Después de todo, si la política es el arte de la gestión del conflicto a través de la construcción de acuerdos, Alfaro y sus seguidores -eso que se denomina coloquialmente como “alfarismo”-, aprendieron rápidamente a seleccionar a sus aliados y a dosificar sus pleitos, pero también a cultivar cuidadosamente a sus adversarios. ¿Se puede considerar inteligente esa decisión? Sin duda, no fue un acto intempestivo, impulsivo, realizado en un momento de ofuscación o de frustración de los intereses del gobernador y de su corriente política, aunque no se puede descartar completamente ese hecho dado el conocido carácter explosivo del gobernador jalisciense. Su trayectoria política a lo largo de las últimas dos décadas muestra que lo suyo es la inestabilidad, el tránsito y la ruptura, alimentada por el combustible de la ambición, el protagonismo y el pragmatismo. Del PRI al PRD, de acercamientos con el PAN y luego como líder de MC en Jalisco, Alfaro representa una forma de hacer política basada en una mezcla extraña de convicciones (“yo soy un político libre”) y oportunismo, de cálculos estimados y riesgos probados (“nos quieren someter”), de lealtades exigidas (desplegados de apoyo, declaraciones de seguidores y simpatizantes), y de búsqueda de nuevos espacios de acción política. El estilo personal de gobernar mostrado en la última década -desde sus tiempos como presidente municipal de Tlajomulco o de Guadalajara hasta su ejercicio como gobernador actual de Jalisco-, muestra un patrón de comportamiento político que mezcla en dosis imprecisas autoritarismo y conciliación, capacidad persuasiva y manotazos en la mesa, declaraciones estruendosas y silencios meditados, liderazgo burocrático y poder despótico. Bien visto, son las mezclas duras de un político acostumbrado a bailar al ritmo de las presiones, las exigencias y los riesgos del oficio. Es el rasgo inconfundible de la naturaleza de la bestia. La decisión rupturista de Alfaro con MC para explorar posibilidades de alianzas con el Frente Amplio por México es la confirmación de ese patrón de comportamiento. Y, como en otras ocasiones, no es una decisión tomada en la soledad y el aislamiento de Casa Jalisco. Seguramente le acompañan en esa decisión asesores y consejeros, su equipo político de siempre, sus amigos y compañeros de viejas y nuevas batallas. Hay que recordar que en política el príncipe nunca se mueve solo, que se ubica en el centro de una élite política específica, que alimenta el sentido y horizonte grupuscular de sus ilusiones e intereses. El problema de toda decisión de ruptura es siempre el de las posibles implicaciones y de los efectos deliberados, no deseados e inciertos que produce en el corto y en el mediano plazo. Una jugada que supone el riesgo de que las cosas no salgan como quiere el decisor, pero que tiene sentido si las cosas del contexto se concilian con el abanico de los posibles escenarios imaginados por los decisores. En cualquier caso, los vientos salvajes preelectorales dominan el espíritu de la época, y, en este contexto nacional, gobernado por las urgencias y las incertidumbres, los actores políticos están cocinando o tomando decisiones para formar frentes, impulsar nuevas coaliciones, caminar por las mismas rutas del pasado reciente, o pensar en abrir otras. Las decisiones políticas siempre se toman en encrucijadas difíciles, estimando riesgos y oportunidades, ganancias y pérdidas, con umbrales imprecisos de certezas y muchas incertidumbres sobre sus posibles efectos en otros actores del espectáculo político (el dilema del prisionero en vivo y a todo color). En un contexto local donde la oposición dominada por Morena contrasta con las horas bajas del PAN, la fragmentación del PRI, la práctica inexistencia del PRD, y la emergencia simbólica de dos pequeños partidos políticos locales desde las elecciones intermedias del 2021 (“Futuro” y “Hagamos”), la fuerza del alfarismo sin MC como vehículo partidista enfrenta retos no menores para conservar su predominio estatal ejercido desde 2018. El oficio político de Alfaro, sus hechuras emocionales y racionales, está a prueba. Sus capacidades persuasivas, su liderazgo, su pasado político, su desempeño como gobernante, su retórica agresiva y frecuentemente bravucona, son las monedas que ha puesto en el centro del tablero del juego de la temporada. Es una decisión que desafía el grado de compromiso de sus seguidores y simpatizantes, y que puede acumular temores, expectativas y esperanzas entre nuevos políticos y viejos adversarios. Con todo, la decisión anuncia tiempos interesantes para la vida política jalisciense y quizá nacional, en la que el alfarismo ocupa un lugar destacado como oficialismo gobernante y como expresión de una extraña forma de hacer política en tiempos difíciles.

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