Saturday, November 12, 2022

Hachas de guerra

Hachas de guerra: apología de soles negros Adrián Acosta Silva (El Informador, 12/11/2022) https://www.informador.mx/ideas/Hachas-de-guerra-apologia-de-soles-negros-20221112-0022.html Durante su campaña electoral y desde el inicio de su administración, el presidente López Obrador emprendió la cruzada de un enunciado indecible: destruirlo todo para cambiarlo todo. Ese es el sol negro del proyecto de la cuarta transformación nacional, visto en el año 4.0 de su presidencia. Bajo la premisa de que todo lo construído durante las últimas seis administraciones federales son la causa de todos los males de la república, el obradorismo se propuso demoler las hechuras de lo que denomina el período neoliberal (o “neoporfirista”, como suele afirmar a la menor provocación), para sustituirlas por nuevas estructuras, instituciones, programas y acciones de lo que denomina bienestar para el pueblo, o sea, para los pobres. Ese leit motiv justifica todo lo que hace, piensa o se imagina el obradorismo y sus seguidores y aliados. Eso explica también las vergonzosas escenas de vasallaje, lacayismo y subordinación de ciertos intelectuales, periodistas, políticos y funcionarios (ellas y ellos) que aplauden y vitorean al caudillo de la 4TN. Montados en el gran tren de ilusiones de la transformación nacional (que evocan la vieja idea del marxismo de manual de la revolución proletaria como punto cero de la historia social), el conductor, los maquinistas, los carboneros, camaristas y pasajeros miran hacia un horizonte luminoso, la tierra prometida de la república amorosa que dibujó sin rubor y sin piedad AMLO desde antes de su llegada al poder presidencial. Bajo la retórica de una épica patriótica, el morenismo funciona como la correa de transmisión de los deseos presidenciales. El inventario de las demoliciones logradas y las que están en proceso es cuantioso. Primero fueron la contrareforma educativa, la petrolera y la eléctrica. Siguieron con la política ambiental, ahora están con la política y electoral. Desmontaron proyectos avanzados como el AICM, y construyeron un nuevo aeropuerto, de funcionalidad dudosa; desoyen reclamos ambientales y avanzan en la construcción del tren maya; abren nuevas refinerías en tiempos de la transición energética hacia el uso energías limpias; entienden que la lucha contra el calentamiento global radica en plantar arbolitos en zonas pobres. Promueve cartillas morales como sustitutos de una nueva evangelización social y política, como guías para la purificación de la vida pública mexicana luego de décadas de degradación y corrupción “neoliberal”. Bien visto, el obradorismo es un montaje, una colección de escenarios protagonizados por un solo actor, en los que también es el director, productor y espectador de sus propias obras. Utiliza un lenguaje circular, machacón y repetitivo, cuyos ecos son reverberados por no pocos ciudadanos, sus acólitos y súbditos. Es una crónica dirigida a cultivar adeptos, a provocar ilusiones y certezas entre las multitudes. Se alimenta de palabras y frases, pero también de dinero público a través de becas y pensiones. Amplía la base de la recaudación fiscal pero no toca el dinero de las élites económicas del país, que son también las dueñas del capital financiero, inmobiliario, industrial y especulativo que moviliza intereses mundanos y cálculos políticos. Desprecia al poder civil, que incluye a la burocracia gubernamental, a las universidades públicas y a los profesionistas, y fortalece las atribuciones, facultades e intereses del poder militar. En el último tramo de su gestión, el obradorismo ha sacado de sus armarios su extensa colección de hachas de guerra política (insultos cotidianos, recortes presupuestales, militarización de funciones públicas). Convencido de que la política es tan sólo la continuación de la guerra por otros medios, el presidente convoca y alienta a sus partidarios a la fase final de su cruzada transformadora, que se concentra ahora en cambiar las reglas del juego político-electoral. Seguro de su adanismo, de que es el pionero y paladín de la verdadera democracia mexicana, y de que antes de él todo era una farsa, López Obrador descalifica, provoca, desprecia a sus opositores, y se envuelve (¿se enreda?) en el lábaro patrio para marcar distancias y ofrecer paraísos artificiales a sus seguidores. Como sucede con todos los populistas autoritarios, el pluralismo es tóxico para la imaginación y las prácticas políticas de quienes están convencidos de la máxima schmitteriana de conmigo o contra mí. Eso explica la furiosa embestida del obradorismo contra los órganos autónomos y las organizaciones no gubernamentales, los críticos de su gobierno y las manifestaciones de la oposición política. Bravuconadas, majaderías, menosprecio, es el lenguaje dominante de los nuevos caminos de servidumbre inaugurados por el obradorismo en sólo cuatro años. Es una retórica antipolítica, anitisistémica y alucinante. La furia adánica del régimen se recrudece y ahora le toca el turno al INE, que representa todo lo que no cree o no le gusta al presidente. Montado desde sus inicios en la ola de la austeridad salvaje y la venganza política, el obradorismo aspira a sentar las bases de un modelo de dominación basado en el control de los procesos electorales como mecanismo maestro de la invención de un sistema político que mira al pasado clientelar y patrimonialista del siglo XX como la clave del futuro del neoautoritarismo político mexicano del siglo XXI. El obradorismo como movimiento político es una máquina de tiempo, un regreso al futuro cuyas consecuencias son impredecibles para sus propios promotores. La música metálica de la construcción autocrática domina el ambiente político mexicano de estos años de encono y violencias, endulzada por los cantos de sirenas del caudillo y sus corifeos y corifeas. Detrás de la mueca malhumorada, burlona y sarcástica presidencial, exhibida como máscara imperturbable todas las mañanas en cadena nacional, se esconde un proyecto que mira hacia la historia de bronce como horizonte de futuro. El retrato del elefante en la sala es el selfie de un apologista de la destrucción.

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